Vi por primera vez la escena del bar (cuando a Santos Trinidad se le cae el vaso y de ahí al infierno) en el gimnasio, debió ser la semana del estreno, la pusieron muchas veces. Yo estaba sacrificándome en una de esas maquinotas infernales, conectada a mi Ipod y mirando la pantalla por no mirarme los pies, sin apenas atención. Y recuerdo la sacudida, abrir más los ojos y como iniciar el gesto de retroceder, de apartarme de la pantalla, de rechazo, y al tiempo pensar: “Tengo que ir ya a ver esta película”.
José Coronado ya nos regaló un malo impresionante en “La Caja 507″. Ignoro si Enrique Urbizu ya sabía al cien por cien lo que en realidad tenía entre manos cuando eligió a Coronado para el papel, o si le pasó como a mi, que de golpe descubrió que ese tipo guapísimo y simpático era además un pedazo de actor capaz de dar miedo -mucho-utilizando sólo la mirada. Santos Trinidad recoge esa mirada, la de Rafael Mazas, y la lleva un paso más allá, a un infierno más profundo, a un miedo más grande y a un frío más frío.
Me gustó mucho la película, toda, no está solo Coronado en absoluto. Pero esa mirada merece un post en exclusiva.

